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DE CORRECTIONE RUSTICORUM
San Martín de Braga
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El interés del De Correctione Rusticorum
es de que es el único texto que habla sobre Ásatrú
en España. Se trata de un texto bastante genérico
sobre las prácticas de los paganos en el tiempo del Reinado
Suevo. En aquella época los suevos aun seguían la
religión Ásatrú Sueva. Este texto puede dar
una idea muy vaga de lo que habría poder sido, sin embargo
insuficiente para plantearlo de forma seria.
EMPIEZA LA CARTA DEL OBISPO SAN MARTÍN AL
OBISPO POLEMIO
1. Recibí la carta de tu santa caridad en
la que me dices que te escriba algo, aunque sea a modo de síntesis,
sobre el origen de los ídolos y de sus crímenes,
para la instrucción de los rústicos, que retenidos
todavía por la antigua superstición de los paganos,
dan un culto de veneración más a los demonios que
a Dios. Pero como es conveniente el ofrecerles ya desde el origen
del mundo, para que lo saboreen, algún elemental conocimiento
racional, me fue necesario hacer, de esa selva ingente de los
tiempos y hechos pasados, una breve síntesis para de este
modo presentarles a los rústicos un alimento también
con estilo sencillo. Por eso, y con la ayuda de Dios, así
ha de ser el principio de tu predicación.
2. Deseamos, hijos carísimos, instruiros
en el nombre del Señor, en algunas cosas, o que todavía
no las oísteis, o que si las habéis oído,
las habéis tal vez olvidado. Rogamos, por consiguiente,
a vuestra caridad que escuchéis atentamente lo que se dice
para vuestra salvación. Sobre esta materia se ha escrito
mucho en las divinas Escrituras, pero a fin de que conservéis
en la memoria, de entre esas muchas cosas os recomendamos lo poco
que sigue.
3. Habiendo creado el Señor en el principio
el cielo y la tierra, hizo para aquella morada celeste creaturas
espirituales, esto es, los ángeles que estando en la presencia
del mismo lo alabasen. Y uno de éstos, que primero había
sido hecho como arcángel, viéndose en el esplendor
de tanta gloria, no dio el honor debido a Dios su creador, sino
que se proclamó semejante a Él, y a causa de esta
soberbia, con otros muchos ángeles, que lo imitaron, fue
arrojado de aquella celeste morada a este aire que está
debajo del cielo. Y aquel que primeramente había sido arcángel,
perdida la luz de la gloria, se convirtió en el diablo
tenebroso y horrible.
Igualmente aquellos otros ángeles que estuvieron
de acuerdo con él, juntamente con él fueron lanzados
del cielo, y perdiendo su esplendor, se convirtieron en demonios.
Los otros ángeles restantes que se sometieron a Dios perseveraron
en la gloria de su caridad en la presencia del Señor, y
se llamaron ángeles santos. En efecto, aquellos ángeles
que juntamente con Satanás, su príncipe, fueron
arrojados a causa de su soberbia, se llaman ángeles apóstatas
y demonios.
4. Después de esta caída de los ángeles
fue del agrado de Dios formar al hombre del barro de la tierra,
a quien puso en el paraíso, diciéndole que si observaba
el precepto del Señor, pasaría sin muerte para aquel
lugar celestial, de donde cayeron los ángeles apóstatas;
pero que si quebrantaba las órdenes del Señor, moriría.
Viendo, pues, el diablo que el hombre había sido creado
para sucederle a él en el reino de Dios, en aquel lugar
precisamente del que él había caído, movido
por la envidia persuadió al hombre que violase los mandatos
del Señor. Y por este pecado fue arrojado el hombre del
paraíso al destierro de este mundo, en donde tendría
que padecer muchos trabajos y dolores.
5. El primer hombre fue llamado Adán, y su
mujer, que el Señor creó de la carne del mismo hombre,
se llamó Eva. De estas dos personas descienden todos los
hombres; los cuales, olvidándose de su Dios y Creador,
y cometiendo muchos crímenes, provocaron a Dios a la ira.
Por eso envió el Señor un diluvio con el que hizo
perecer a todos, a excepción de un justo por nombre Noé,
al que reservó, juntamente con sus hijos, para la reparación
del género humano. Desde el primer hombre Adán hasta
el diluvio pasaron dos mil doscientos cuarenta y dos años.
6. Después del diluvio se propagó
otra vez el género humano por medio de los tres hijos de
Noé, que habían sido reservados con sus mujeres.
Y cuando empezó la muchedumbre reproducida a llenar el
mundo, olvidándose otra vez los hombres del Señor
que había creado el mundo, empezaron a dar culto a las
criaturas, despreciando al Creador. Unos adoraban al sol, a la
luna o a las estrellas; unos al fuego, otros al agua del profundo,
o a las fuentes de las aguas, creyendo que todas estas cosas no
habían sido hechas por Dios para uso de los hombres, sino
que habían nacido de sí mismas.
7. Entonces el diablo, o los demonios sus ministros,
que fueron arrojados del cielo, viendo a los hombres que por ignorancia
despreciaron a su Creador, empezaron a servirlo por medio de las
criaturas. Y empezaron a manifestarse en diversas figuras, a hablar
con ellos y pedirles que les ofreciesen sacrificios en los montes
altos y en los bosques frondosos, y a honrarlos como a Dios, poniéndoles
los nombres de hombres malhechores, que habían llevado
una vida de toda clase de crímenes y de maldades.
Y de este modo a uno le denominaron Júpiter,
que era un mago y que estaba tan cargado con tantos adulterios,
que tuvo por esposa a su propia hermana llamada Luno, marchitó
a Minerva y a Venus su propia hija; e igualmente deshonró
con incestos a sus nietos y a toda su parentela. Otro demonio
se llamó Marte, diseminador de litigios y de discordias.
Otro demonio, por fin, quiso llamarse Mercurio, que fue el inventor
doloso de toda clase de robos y fraudes. A éste los hombres
avaros le ofrecían en sacrificio, como al Dios del lucro,
montones de piedras, que lanzaban al pasar por encrucijadas de
los caminos. A otro demonio le aplicaron también el nombre
de Saturno, el cual, viven en una total crueldad, devoraba a sus
propios hijos apenas nacían. Se fingió también
otro demonio con el nombre de Venus, que fue una mujer meretriz,
la cual se prostituyó no sólo con otros innumerables,
sino también con Júpiter, su padre, y con su hermano
Marte.
8. He aquí cuales fueron en aquel tiempo
estos hombres depravados los cuales, a causa de sus pésimas
invenciones, dan culto los rústicos ignorantes Los demonios
se apropiaron sus nombres, como nombres de dioses, a fin honrarles
como a tales, ofrecerles sacrificios, e imitar sus acciones, cuyos
nombres invocaban.
Los demonios les persuadieron también a que
les edificasen templos, que colocasen en ellos imágenes
o estatuas de hombres facinerosos, y les levantasen altares en
los cuales no sólo derramasen sangre de animales sino también
de hombres. Además de todas estas cosas, muchos de estos
demonios, que fueron expulsados del cielo, presiden o en el mar,
o en los ríos, o en las fuentes, o en bosques, a los cuales
los hombres igualmente ignorantes que no conocen a Di los honran
como a Dios y les ofrecen sacrificios.
En el mar lo llaman Neptuno, en los ríos,
Lamias; en las fuentes, Ninfas en los bosques, Dianas; todas estas
cosas no son más que demonios malignos y espíritus
malos que pervierten a los hombres infieles que no saben protegerse
con el signo de la cruz. Sin embargo, no pervierten sin permiso
de Dios, porque estos tales tienen a Dios airado contra ellos,
y no creen de todo corazón en la fe de Cristo, al bien,
viven con tal ambigüedad hasta el punto de poner a cada día
los mismos nombres de los demonios, y por eso denominan el día
de Marte, y de Mercurio y de Júpiter, y de Venus, y de
Saturno, los cuales no hicieron ningún día, que
fueron hombres pésimos y malvados entre la gente de los
griegos.
9. Pero cuando el Dios omnipotente hizo el cielo
y la tierra, creó también la luz, la cual mediante
la distinción de las obras de Dios tuvo siete veces su
rotación. En efecto, en primer lugar hizo Dios la luz,
a la que llamó día. En segundo lugar hizo el firmamento
del cielo. En tercer lugar la tierra separada del mar. En cuarto
lugar fueron formados el sol, la luna y las estrellas. En quinto
lugar los animales cuadrúpedos y los volátiles.
En sexto lugar fue formado de barro el hombre. En el día
séptimo terminó todo el universo y su ornamentación,
y lo llamó Dios el descanso. Y a la que fue la primera
entre las obras de Dios, teniendo siete veces su rotación,
por la distinción de las buenas obras, se llamó
semana.
10. ¿No es, por tanto, una locura que el
hombre bautizado en la fe de Cristo no honre el día del
domingo, en el que Cristo resucitó, y diga que honra el
de Júpiter, y de Mercurio, y de Venus, y de Saturno, los
cuales no tienen ningún día, sino que fueron unos
adúlteros, y perversos, e inicuos y desgraciadamente muertos
en su Provincia? Pero, como ya dijimos, debajo de la apariencia
de estos nombres, los hombres necios le prestan veneración
y honor a los demonios. Igualmente se introdujo entre los ignorantes
y rústicos aquel otro error por el que piensan que el principio
del año son las calendas de enero, lo cual es falsísimo.
En efecto, como dice la Santa Escritura, en el mismo
punto de equinoccio fue el principio del primer año. Y
por eso se lee así: «y dividió Dios entre
la luz y las tinieblas». Ahora bien, en toda división
recta hay igualdad, como sucede en los veinticinco de marzo, en
el que tanto espacio de horas tiene el día como la noche.
Por eso es falso que el principio del año sean las calendas
de enero.
11. ¿Y con qué pena se debe hablar
de aquel estúpido error de guardar los días de las
polillas y de los ratones, y si es lícito hablar de que
un hombre cristiano venere en lugar de Dios a los ratones y a
las polillas? Porque a estos animales, si no les aleja o el pan
o la ropa cerrando bien o el armario o el arca, no perdonan cosa
alguna de la que encuentren. Sin motivo alguno se engaña
el hombre miserable con estas patrañas, como si porque
al principio del año está alegre y saturado de todo,
así le va a suceder durante todo el año. Todas éstas
son observancias paganas, han sido buscadas por imaginación
de los demonios. Pero hay de aquel hombre que no tiene propicio
a Dios, y que no tiene como dada por Él la abundancia del
pan y la seguridad de la vida. He aquí que vosotros realizáis
oculta o públicamente estas vanas supersticiones, y nunca
os apartáis de estos sacrificios de los demonios.
¿Y por qué no os conceden el que estéis
siempre saturados, seguros y alegres? ¿Por qué cuando
Dios se enfada, vuestros sacrificios vanos no os defienden de
la langosta, del ratón y de muchas otras tribulaciones
que Dios enfadado os envía?
12. ¿No veis clarísimamente que os
engañan los demonios en estas vuestras observancias, que
vanamente realizáis, y que os lleváis un chasco
en los agüeros que tan frecuentemente atendéis? Porque,
como dice el sapientísimo Salomón: «la adivinación
y los agüeros son vanos» (Ecco 34,5). Y cuanto el hombre
más las teme, tanto más engañado está
su corazón: «no les des tu corazón, porque
a muchos ha servido de tropiezo» (Ecco 34,6-7).
He aquí lo que dice la Santa Escritura, y
así es ciertísimamente, porque tanto tiempo inculcan
los demonios a los infelices hombres el canto a las aves, hasta
que por estas cosas frívolas y vanas pierden la fe de Cristo,
y encuentran en su muerte el fin de los réprobos.
Dios no mandó conocer las cosas futuras,
sino que viviendo siempre en el temor de Dios, esperasen en Él
el gobierno y el auxilio de su vida. Es propio de solo Dios el
conocer los acontecimientos antes de que sucedan; sin embargo,
los demonios engañan a los hombres vanos con diversos argumentos
hasta conducirlos a la ofensa de Dios, y hasta arrastrar consigo
a las almas al infierno, como por envidia hicieron desde su principio,
a fin de que el hombre no entrase en el reino de los cielos, de
donde ellos habían sido arrojados.
13. Por esta causa, viendo Dios a los hombres miserables
engañados de este modo por el diablo y por sus ángeles
malos, y que olvidándose de su Creador, adoraban a los
demonios en lugar de Dios, envió a su Hijo, es c su Sabiduría
y su Verbo, con el fin de reconducirlos al culto del verdadero
y alejarlos del error del diablo. Y precisamente porque la divinidad
del Hijo de Dios no podía ser visto los hombres, tomó
carne humana en el vientre de la Virgen María, carne que
fue concebida, no de la unión con un hombre, sino por el
Espíritu Santo.
Nacido, por consiguiente, el Hijo de Dios en carne
humana, pero que d estaba oculto el Dios invisible, y en el exterior
el hombre visible, predicó hombres: predicó a los
hombres, enseñándoles a que dejados los ídolos
malas obras, saliese del poder del diablo y volviese al culto
de su Creador. Después de haber enseñado, quiso
morir por el género humano. Padeció voluntariamente
la muerte, no obligado; fue crucificado por los judíos
s Juez Poncio Pilato, que había nacido en la Provincia
de Ponto y que en tiempo era gobernador de la provincia de Siria.
Bajado de la cruz, fue colocado en el sepulcro.
Al tercer día resucitó vivo de entre
los muertos, conversó por espacio cuarenta días
con sus doce discípulos, y para demostrar que resucitó
su verdadera carne, comió después de la resurrección
delante de sus discípulos. Pasados los cuarenta días,
mandó a sus discípulos que anunciasen a las gentes
la resurrección del Hijo de Dios, y que los bautizasen
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
para el perdón de los pecados, les enseñasen, además,
que los que hubiesen sido bautizados se apartas las malas obras,
esto es, de los ídolos, de los homicidios, de los robo
perjurio, de la fornicación, y que aquello que no quieren
para sí no se lo hagan tampoco a los demás. Y después
de haberles mandado estas cosas, viéndolo los mismos discípulos,
subió al cielo, y allí está sentado a la
derecha del Padre, y al fin de este n ha de venir con esa misma
carne con la que subió al cielo.
14. Cuando llegue el fin de este mundo, todas las
gentes y todo h que tiene su origen en los primeros hombres, es
decir, en Adán y en resucitarán sean buenos o sean
malos. Todos han de venir ante el juicio de Cristo, y entonces
los que fueron fieles y buenos en su vida quedarán separados
de los malos y entrarán en el reino de Dios con los ángeles
santos. Sus almas juntamente con sus cuerpos permanecerán
en el descanso e nunca más morirán, y allí
ya no habrá ni trabajo alguno ni dolor; tampoco tristeza,
ni hambre, o sed, ni calor o frío, ni tinieblas o noche,
sino que e siempre alegres, saturados, en la luz, en la gloria,
serán semejantes a los ángeles de Dios, porque ya
han merecido entrar en aquel lugar de donde cayó el juntamente
con aquellos ángeles que le siguieron.
Allí, por consiguiente, todos los que fueron
fieles a Dios permanecerá siempre. En cambio, aquellos
que no creyeron, o que no fueron bautiza que ciertamente sí
fueron bautizados después de este su bautismo volvieron
de nuevo a los ídolos y homicidios, o a los perjurios y
a otros males y murieron sin penitencia, todos los que así
fueren hallados se condenarán con el di con todos los demonios
a los que dieron culto y cuyas obras hicieron. Estos serán
enviados junto con sus cuerpos al fuego eterno del infierno, en
donde aquel fuego inextinguible durará para siempre, y
esa carne recuperada en la resurrección gimiendo en eterno
tormento desea morir otra vez para no sentir los tormentos. Pero
no se le permitirá morir para que sufra los tormentos eternos.
Esto es lo que dice la ley, esto es lo que dicen
los profetas, esto es lo que dice el evangelio de Cristo, lo que
dice el Apóstol y lo que testifica toda la Santa Escritura,
de la que os hemos hecho un sencillo resumen. Es preciso, pues,
hijos carísimos, que de aquí en adelante os recordéis
de todo cuanto os he dicho, y que obrando el bien esperéis
el futuro descanso en el reino de Dios, o (lo que esté
lejos de vosotros) obrando el mal esperéis el fuego perpetuo
en el infierno. Por consiguiente, la vida eterna y la muerte eterna
está puesta en el arbitrio del hombre. Lo que cada uno
escoja para sí, eso es lo que tendrá.
15. Vosotros, pues, creyendo que llegásteis
al bautismo de Cristo en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, considerad el pacto que habéis hecho
con Dios en el mismo bautismo.
En efecto, cuando cada uno de vosotros dísteis
en la fuente vuestro nombre, por ejemplo, o Pedro, o Juan, o cualquier
otro nombre, así fuisteis preguntado por el sacerdote:
¿Cómo te van a llamar? Tú respondiste, si
ya podías contestar, o si no ciertamente el que lo testificaba
en tu nombre, el que era tu padrino, y dijo, por ejemplo: se llamará
Juan. El sacerdote preguntó de nuevo: Juan, renuncias al
diablo y a sus ángeles, a sus cultos y a sus ídolos,
a sus frutos y fraudes, a sus fornicaciones y a sus impurezas,
y a todas sus obras malas. Y respondiste: renuncio. Después
de esta renuncia al diablo fuiste interrogado de nuevo por el
sacerdote: ¿Crees en Dios Padre Omnipotente? Y respondiste:
creo.
¿Y en Jesucristo, su Hijo único, Dios
y Señor nuestro, que nació del Espíritu Santo
y de la Virgen María, padeció en tiempo de Poncio
Pilato, crucificado y sepultado, bajó a los infiernos,
al tercer día resucitó vivo de los muertos, subió
a los cielos, que está sentado a la derecha del Padre,
y que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los
muertos? ¿Crees?, y respondiste: creo.
Y de nuevo fuiste interrogado: ¿Crees en
el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica,
en el perdón de todos los pecados, en la resurrección
de la carne y en la vida eterna? Y respondiste: creo.
Considerad, por tanto, cuál es el pacto que
habéis hecho con Dios en el bautismo. Prometísteis
que vosotros renunciábais al diablo y a sus ángeles,
y a todas sus obras malas, y al mismo tiempo habéis hecho
una profesión de fe que vosotros creíais en el Padre
y en el Hijo y en el Espíritu Santo, y que vosotros esperábais
también, al terminar el mundo, en la resurrección
de la carne y en la vida eterna.
16. He aquí cuál es vuestra garantía
y vuestra confesión con la que os habéis ligado
para con Dios. ¿Y cómo es que algunos de vosotros,
que habéis renunciado al diablo y a sus ángeles,
a sus cultos, y a sus malas obras, ahora volváis de nuevo
a los cultos del diablo?
Porque encender velas junto a las piedras y a los
árboles y a las fuentes y en las encrucijadas, ¿qué
otra cosa es sino culto al diablo? Observar la adivinación
y los agüeros, así como los días de los ídolos,
¿qué otra cosa es sino el culto del diablo?
Observar las vulcanales y las calendas, adornar
las mesas, poner coronas de laurel, observar el pie, derramar
en el fogón sobre la leña alimentos y vino, echar
pan en la fuente, ¿qué otra cosa es sino culto del
diablo? El que las mujeres nombren a Minerva al urdir sus telas,
observar en las nupcias el día de Venus, y atender en qué
día se hace el viaje, ¿qué otra cosa es sino
el culto del diablo?
Hechizar hierbas para los maleficios, e invocar
los nombres de los demonios con hechizos, ¿qué otra
cosa es sino el culto del diablo? Y otras muchas cosas que es
largo el decirlas.
He aquí que, después de haber renunciado
al diablo, hacéis todas estas cosas después del
bautismo, y volviendo al culto de los demonios y a las malas obras
de los ídolos, faltásteis a vuestra palabra, y habéis
quebrantado el pacto que hicísteis con Dios.
Alejasteis de vosotros la señal de la cruz,
que recibisteis en el bautismo, y estáis atentos a otras
señales del diablo por medio de las avecillas, estornudos
y otras muchas cosas.
¿Por qué no me va a hacer mal a mí
y a cualquier otro cristiano recto el agüero? Porque donde
ha precedido la señal de la cruz, nada es señal
del diablo. ¿Y por qué os hace mal a vosotros? Porque
despreciáis la señal de la cruz, y teméis
aquello que vosotros mismos habéis imaginado como señal.
Del mismo modo rechazáis el santo encantamiento,
esto es, el símbolo que recibisteis en el bautismo, que
es: «creo en Dios Padre Omnipotente»; la oración
dominical, esto es, «Padre nuestro que estás en los
cielos», y conserváis los encantamientos diabólicos
y los versos.
Por eso todo aquello que. despreciando la señal
de la cruz de Cristo, y mira a otras señales, perdió
la señal de la cruz que recibió en el bautismo.
Igualmente, el que guarda otros encantamientos inventados
por magos y maléficos, perdió el encantamiento del
símbolo santo y de la oración dominical que recibió
en la fe de Cristo, pisoteó la fe de Cristo, porque no
puede dar culto juntamente a Dios y al diablo.
17. Por eso, amadísimos hijos, si habéis
conocido todas estas cosas que hemos dicho, y si alguien reconoce
haber cometido estas cosas después del bautismo, y que
apostató de la fe de Cristo, no desespere de sí
y no diga en su corazón: «porque yo he cometido tantos
males después del bautismo, tal vez Dios no perdone mis
pecados». No quieras dudar de la misericordia de Dios. Haz
de nuevo en tu corazón un pacto con Dios, y en lo sucesivo
ya no quieras entregarte al culto de los demonios; no adores otra
cosa que no sea Dios; no has de cometer el homicidio, ni el adulterio
o la fornicación; no cometas el hurto ni perjures.
Y cuando hayas cometido todo esto a Dios en tu corazón,
y no hayas vuelto a cometer otra vez estos pecados, espera con
confianza el perdón de Dios, porque así dice el
Señor en la Escritura profética: «en cualquier
día que el malvado se olvide de sus iniquidades y obre
la justicia, yo también me olvidaré de todas sus
iniquidades» (Ez 18,21-22).
Dios espera, por consiguiente, el arrepentimiento
del pecador. Aquélla es la verdadera penitencia, cuando
el hombre ya no vuelve a cometer los males que hizo, sino que
pida perdón de los pecados pasados, tome precaución
de cara al futuro, para no volver de nuevo a los mismos pecados;
sino que por el contrario realice las obras buenas, de tal manera
que dé limosna al pobre que tiene hambre, rehaga al huésped
extenuado, y que todo aquello que quiere que otros le hagan a
él, que esto mismo haga él con los otros, y que
lo que él no quiere que le hagan, que tampoco él
lo haga a los demás, porque en esta palabra se resumen
los mandatos del Señor.
18. Os rogamos, por tanto, hermanos e hijos queridísimos,
que estos preceptos que Dios se ha dignado daros por medio de
nosotros humildes y pequeños, los retengáis en la
memoria, y penséis cómo salvéis vuestras
almas, de tal modo que no sólo os ocupéis de esta
vida presente y de la utilidad pasajera de este mundo, sino que
penséis más en el símbolo que vosotros prometísteis
creer, esto es, la resurrección de la carne y la vida eterna.
Por consiguiente, si creísteis y creéis
que existe la resurrección de la carne y la vida eterna
en el reino de los cielos entre los ángeles de Dios, como
ya os dije anteriormente, pensad mucho en estas cosas y no siempre
en la miseria de este mundo.
Preparad vuestro camino por medio de las buenas
obras. Reuníos con frecuencia en la iglesia o en el lugar
de los santos para orar a Dios. No queráis despreciar el
día del Señor, que por eso se llama del Señor,
porque el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo. resucitó
en ese día de entre los muertos, sino que debéis
honrarlo con reverencia.
No realizaréis en el día de domingo
obras serviles, esto es, en el campo, en el prado, en la viña
y otras cosas pesadas, exceptuadas aquellas cosas que son necesarias
para la refección del cuerpo, como es el cocer el alimento
y lo necesario para emprender un viaje largo.
Es lícito hacer un viaje en domingo a lugares
cercanos, pero no para realizar acciones malas, sino más
bien buenas, esto es, ir a un lugar santo, o a visitar a un hermano
o a un amigo, o consolar a un enfermo, o a llevar un consejo al
que se encuentra en la tribulación, o una ayuda en favor
de una causa buena. Así es como debe celebrar el domingo
el hombre cristiano.
Es bastante inicuo y vergonzoso que aquellos que
son paganos y desconocen la fe cristiana, dando culto a los ídolos
de los demonios, que veneren el día de Júpiter o
de cualquier otro demonio y que se abstengan del trabajo, siendo
así que los demonios ni han creado ni tienen ciertamente
ningún día.
Y nosotros, que adoramos al verdadero Dios, y que
creemos que el Hijo de Dios resucitó de entre los muertos,
no veneramos el día de su resurrección, es decir,
el domingo. No queráis, pues, hacer una injuria a la resurrección
del Señor sino honradla y veneradla con reverencia por
la esperanza que nosotros tenemos en ella. Porque así como
aquel Señor nuestro Jesucristo, Hijo de Dios, que es nuestra
cabeza, resucitó al tercer día de entre los muertos,
así también nosotros, que somos sus miembros, esperamos
resucitar al fin del mundo en nuestra carne, a fin de que cada
uno reciba o el descanso eterno o el castigo eterno, de acurdo
con lo que obró con su cuerpo en este mundo.
19. He aquí que nosotros que hablamos ahora
bajo el testimonio de Dios y de los santos ángeles que
nos escuchan, hemos cumplido nuestra deuda con vuestra caridad,
y os hemos prestado el dinero del Señor, cuyo precepto
tenemos. Pertenece ahora a vosotros el pensar y el procurar cómo
cada uno de nosotros presente con intereses lo que recibió
cuando venga el Señor el día del juicio.
Rogamos, por tanto, a la clemencia del mismo Señor
que os guarde a vosotros de todo mal, y os haga dignos compañeros
de sus santos ángeles en su reino, concediendonoslo él
mismo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Por:
San Martín de Braga
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